Cuando estaba llegando por la calle terrosa alcancé a ver la bandada volando a ras del agua, por la orilla retirada de la laguna, más allá de los nuevos juncos y especies verdes renacidas del fondo reseco. (Recuerdo ese poema de Houlin “ me miras desde el fondo reseco de la laguna”). Siempre está el sublime lenguaje haciendo sus apariciones tal vez como voluntad de apagar tanto vilipendio sobre el honor de las palabras.
La bandada de flamencos se detuvo un poco más lejos pero no era ese el lugar ya que emprendieron nuevo vuelo a ras del agua de la orilla ahora apenas divisada. Por fin encuentran un sitio donde introducir centímetros de sus patas y estarse en silencio no se sabe si observando o escuchando las burbujas en el barro donde quizá exista el alimento.
No pude llegar a tiempo para fotografiar ese espectáculo, y esperé en vano el retorno de lo que era a mi mirada una estirada acuarela rosada al otro lado.
Desistí. Crucé el camino hacia el lado opuesto, donde me atrapa el aroma que los eucaliptos difuman por el aire. La humedad hace resaltar la overosidad de los troncos, los colores otoñales y las formas que parecen sacadas de los mejores cuadros del artista. Pienso que debo recuperar la historia del tiempo donde fueron plantados, la idea de disponer geométricamente sus hileras y distancias, que según desde donde se mire representan una figura en perspectiva que se va empequeñeciendo proporcional hasta el final. Caminar entre ellos me hace sentir acompañada, envuelta entre el perfume, la hojarasca y el crujir de las ramas por el viento.
Esos atardeceres se parecen a la sabiduría ancestral donde la cabeza, la mía llena de pájaros, y muchas veces aturdida por el ruido de las tormentas que la inquina del presente va llenando como si fuese un cántaro, vuelve al estado natural de la contemplación de lo magnífico, que está simplemente tocándonos el hombro.
María Rosa Montes




