A las 11 miraron la película LA LINTERNA MÁGICA. Al día siguiente se despertaron juntos con el vibrar del reloj, a las siete. Llegaron juntos al baño, pero él le dejó el primer turno, aunque Dafne insistía en que él entrara.
–Metete, Andrés –le decía ella. Cuando terminó de cepillarse la boca se dirigió a la cocina y puso a templar la pava de acero sobre la hornalla. Mientras Dafne ordenaba el mate plateado con yerba Misionera, mate cuya base tenía tres patas de serpientes, Andrés era el que estaba en el baño. Andrés y Dafne cursaban el quinto año universitario, él contador, ella abogacía. Nunca fallaron cuando les tocó rendir exámenes, aprobando siempre con notas elevadas. Ya en la cocina, ella le pasa el cigarro encendido con la colilla del que estaba fumando, y le pregunta:
–¿Descansaste bien anoche?
–Tuve un sueño, Dafne. Alguien delante de mí, con cabellera abundante. Alguien había a su lado izquierdo; perecía una figura masculina. Yo los miraba a los dos, pero ellos no podían verme. Estaban acostados (o parecía eso) porque no recuerdo la figura de alguna cama, como que se difuminada en su contorno. En un momento veo una mancha borra vino dispersada como arañas quemadas entre ellos dos. De repente un borroso rostro se muestra espantado, y de golpe, la cabellera abundante gira su cuello y me mira. Yo me asusté con lo que vi porque ese rostro no tenía ojos, solo dos cuencos. El espanto me despertó con dolor de omóplato, un sangrado de nariz y la boca abierta llena de abejas sobre un piso ajedrezado.
–¡Qué sueño horrible! –dice ella frunciendo la frente. Se hizo la hora de partir para la universidad. Intercambiaron charlas con compañerosde psicología y hippies de la carrera. Se contaron algunas historias que habían vivido durante el fin de semana; uno mencionó algo acerca de la endogamia real y su extraña tradición familiar como tribus ancestrales y que no causara el asombro en los infatigables medios de comunicación y la ensoñada sociedad. A las 4 de la tarde fueron a cursar la última materia, ella sobre Herbert Marcuse, él sobre Jeremy Bentham. Ya en el departamento, para cenar ordenaronpiza acompañada con cerveza, miraron la película LAS RATAS DEL CEMENTERIO, de Henry Kuttner. Y como estaban con ganas de cine, vieron EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY. Al otro día se repitió la escena de todas las mañanas. Ella fue primero al baño, templó la pava y le pidió a Andrés cuando se acercó a la cocina:
–Todavía hace calor por las noches, no apagues el ventilador –le dice ella doblando un repasador con sus manos. Andrés la mira con ojos achinados, como buscando algo en las profundidades marrones de los ojos de Dafne. Parpadea lentamente, agacha la cabeza al piso como tratando de ver algo del otro lado.
–Quiero acabar con esta locura, me siento cautivo –le dice Andrés.
Dafne suspira fastidiada y le dice que deben irse urgente a la universidad, y tomando la llave completa que al regreso hablarían de ese tema. Andrés adujo que tenía un impostergable trámite pendiente y que debía desviar el recorrido regular, y no podía demorarlo más. Toma un camino distinto. La bajó del auto en el reloj de los ingleses. Dobló en calle España, esquivó un perro aparecido de improvisto,sintió el olor a fresno que le recordó los relatos de brujas en casa de la abuela, y vio un árbol thule junto a una catedral, con torres cilíndricas y unas gárgolas en sus bordes, puerta ojival de ingreso y ventanas de colores tornasolares con formas rectangulares y romboides. Sintió que las cosas perviven más que las personas, y que el temor es horrible pero no menos lo es la esperanza, la miseria, la pobreza. Entró a la catedral. Un cuadro pintado con un pronunciado arrollo le recordó una casita con techo a dos aguas en las sierras cordobesas a la que solía ir algunos veranos. Progresivamente dejó de ir a la luz de un noviciado incidente con una cacatúa en Capilla del Monte, una noche de fogata improvisada por Martín Massónn, al pie del cerro Uritorco. Andrés reflexionó que hubo una época en que vacacionar en las sierras parecía una épica, y quien podía ir y traer una piedra del río significaba como recibir una piedra de otro planeta, y dejar con la boca abierta al que lo recibía como si fuese un talismán de una dimensión desconocida. La inestable economía y una gripe mundial acabaron con ese otro tiempo y parir el momento celular dela pobre existencia al compás de la cadavérica humanidad. Andrés pudo retornar para salir de esa catedral. Cruzó el umbral y un encapuchado. Le dio hambre olfatear clavo de olor. Pateó una piedra, una nube perdida le descargó unas gotas sobre su espalda, y le asombró ver una bandada de nyctibius. Subió al auto, pasó por la aseguradora a dejar un cheque a la orden. Recibió un mensaje de Dafne preocupada por su retorno ya que la tarde estaba oscura, y lo esperaba en el departamento con un café, un peinado eleusino, un vestido liviano y unas cáligas color caqui. Al entrar percibió el alcanfor y miró fascinado los pisos trapeados, y sintió una ancestral fuerza que lo sojuzgaba. Ella con su mano izquierda le toma la cabeza y besa su frente; luego sus labios. Había caído la noche con una luna alzándose en lo alto del cielo ya despejado y clavado en los rostros de ambos. Dafne dormía, pero Andrés recordó un detalle inadvertido de su horrible sueño: una figura femenina jugaba a su espalda con la llave de una enrome puerta que daba al sótano. Recordó el día que le hicieron la carta natal; tauro en la cúspide de la casa 12, con marte en ella y venus también a un grado detrás de su ascendente, respirándole la nuca, y la luna en escorpio. ¿Qué mejor manera de esconder algo que dejarlo a la vista, camuflado, y sin hablar jamás de eso?
Suena el celular. Sus padres estaban llegando al departamento.
–Papá y mamá están llegando. Ordenemos todo. Que no sospechen nada. Que no haya testigos –le dice.
Diego Mendoza, Junio, 2026. Arribeños.




