La vi el otro día por la calle. Está delgada, alta, pelo largo castaño y enmarañado. Recuerdo cuando tenías 11 años y yo 15. Los años pasan, el cuerpo se transforma porque el mundo es muy extraño con nosotros, y las decisiones tomadasrepercuten sin apuro en nuestros posibles futuros. Recuerdo cuando nos juntábamos a jugar al juego de la botella. Giraba la botella… y yo rogaba a todos los santos, a cualquiera de ellos, me daba lo mismo cuál mientras me beneficiasen. Ella me decía Cronopio porque era bien parecido a uno; caminábamos tomados de la mano, o nos reíamos sentados en algún parque, y cuando me quedaba dormido sobre el pasto me acariciaba con una hoja para hacerme cosquillas. Papá tenía una biblioteca grande y amplia como el Museo Británico, y me gustaba leer a los autores clásicos. Siempre llevaba uno dentro de mi mochila, porque a ella le gustaba que le leyeran. También ella reconocía que esos emperadores romanos estaban locos.
Un martes me pusieron una vacuna en el brazo derecho; al otro día miércoles la acompañé hasta su casa. Mi corazón palpitaba agitado. Habíamos salido de la escuela Corazón Redentor. Mi casa quedaba para el otro lado de donde Mirellavivía, pero inventé una excusa (efecto de la vacuna, tal vez) diciendo que tenía que ir cerca de su casa. Se puso colorada pero aceptó la compañía. Sus cachetes colorados fueron por la vergüenza de haberse olvidado sobre el banco la regla. Antes de doblar en la esquina, hacia la fuente Conrado de los gansos donde la gente tira migas de pan a los pájaros, la tomé fuerte de la mano derecha y detuve su marcha para confesarle mi amor:
–Pará, vení, Mirella –le dije con ojos iluminados en tanto que mis piernas temblaban y todo mi cuerpo sudaba y el corazón palpitaba. Me miró contrariada; creo que también estaba temblorosa. Recuerdo que sus ojos destilaban un brillo que hasta ese entonces no tenían. Se acercó un poco más a mi lado hasta sentirle el aliento, lo que provocó un temblor más intenso en mi cuerpo. Y para mi sorpresa me besó en los labios. Me sentí extasiado; nunca había experimentado una sensación tan hermosa. Mirella sonrió y yo también, creo que en parte por timidez. Inesperadamente, me dijo:
–Eres muy dulce, César, pero tengo que confesarte que no gusto de vos. Gusto de Martín.
–¿De qué Martín, de Martín Massónn, el hijo de Juan Raro, dueño del lavadero?
–Sí, de Martín Massónn, que adoptó Juan Raro, dueño del lavadero.
Le solté las manos con brusquedad, lo que me recordó la vacuna porque sentí un dolor justo en el pinchazo. Gusta de Martín, pensé para mis adentros, mi mejor amigo, el mismo Martín Massónn; siempre lo invito a tomar la chocolatada con pan y miel. Y hace un día le regalé la runa R’lyeh del brujo esquimal y los sacerdotes de Luisiana.
–Te odio, te odio, te odio. No quiero verte más, Mirella, y a Massónn también. Seguro que te enseñó disparates sobreHelena Blavatsky.
–¿Quién? –preguntó Mirella.
–Una gorda astróloga –le contesté, y amenacé con cambiar de escuela, a vivir a otro lugar, lejos de vos, a Berlín, a Montevideo. ¡Y lejos de Massónn, también, que desde ahora no es más mi amigo! A él también lo odio: te odio Massónn.
Salí corriendo con la bicicleta en la mano porque por negligencia la había dejado bajo el sol y me quemaba el asiento; y lloraba como en aquélla ocasión en que mamá no quiso comprarme las zapatillas cuya marca es un pirámide. En medio de tantas lágrimas me tropecé con un ladrillo, y me dio más rabia. Unos chicos que pasaban cerca de mí me vieron caer y rieron, y me gritaban cosas que me enfurecían más, y me daban ganas de tirarles con la mochila o algún útil, o atravesarles el ojo con el compás y dejarles una cicatriz en la cara. Llegué protestando a casa; tiré la bicicleta contra el alambrado de rombos; se le había salido la cadena y aún no sabía cómo ponerla. Mamá me esperaba con la chocolatada caliente y el pan con miel
–Hola, hijo –me dice mamá–. ¿Por qué estás tan excitado, César? Vení a tomar la leche con pan y miel antes de que se enfríe. ¿Por qué te sangra la rodilla?
–¡No quiero ninguna leche ni pan con miel! ¡Que se la tome Massónn! Que se la tome ese traidor. Voy a contratar a un nigromante para que le eche un grimorio con sigilo y sea presa de los súcubos o del dios Pan. ¡O que lo vacunen como a mí! Decile a papá que cierre la farmacia y nos vayamos a vivir a otro lado, a Palma de Mallorca, a Massachusetts, con los jíbaros, o con Tzinacan. ¡Ha Jamaica con el tío Morgan!
Sobre la mesa, mamá había dejado un libro de Abelardo Castillo, recordé Also Sprach el Sr. Nuñez, y grité con fuerza:
–¡Te odio, Massónn, examigo desde ahora!
Antes que me pidiera alguna explicación mamá, entré a la pieza a los chispazos y, cerrando la puerta, grité que no quería ver a nadie hasta el otro día. Amaría a Mirella en secreto, y me dormí con los auriculares escuchando a Keane, NOTHING IN MY WAY. Me abracé a mi Dagón, deseando que Massónnaparezca colgado de algún navío como hizo el Pirata Kidd con los franceses, que narra Marcel Schwob, porque uno también acaba riéndose como loco y de macho que es, y pasa el tiempo, y con el tiempo una noche cualquiera es necesario recordar, porque hay cosas que uno lleva mordidas, entrampadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo.
Diego Mendoza, Arribeños. Mayo 2026



