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Arribeños. “EL FORASTERO”

administrador by administrador
29 abril, 2026
in D. G. ARENALES, Sociedad D. G. ARENALES
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Debo prevenir que esta concepción la obtuve del libro NONHUMAN INTERVENTION IN HUMAN HISTORY del siglo XVII, perteneciente a Pánfilo Estafermo. Lo vertí del latín a un dudoso español. Sabemos que poco valen las palabras de un argentino de pueblo que aprendió latín básicoen Markham, colegio Británico-Peruano, de Lima, cuando residí en Perú. Por supuesto no es literal porque está manchado de creencias infantiles propias (y de la especie) salidas a la luz. Le faltan las dos primeras hojas.

“…porque la trampa más grande es siempre doblar hacia la izquierda manteniéndose en la mano derecha. Las personas luchan porque tienen miedo, y lo que necesita la humanidad es dejar de temer. El señor Haschisch se paró de su silla y se acercó hasta el cajoncito de un mueble, lo abrió, sacó su pipa, la llenó con hojas verdes, tomó una bolsita de hachís, miró por la ventana el reloj estilo Salisbury, se sentó nuevamente y se sirvió absenta. Inició su relato del forastero luchador. Dijo el señor Haschisch:

–Nadie vio llegar al forastero al mesón THUBA MLEENde los hermanos Macfarlane y Fettes en la unánime noche de Pentecostés, salvo Macfarlane el mayor que lo recibió, hombre ya entrado en años y rengo por una lesión en su talón, narigón y quevedos oscuros. El forastero pagó, no sin regateo, por adelantado cuatro meses.

–Sólo recibimos testones, táleros y chelines –le dice Macfarlane, y verificó las monedas sobre el mostrador. Luegolo acompañó hasta la habitación que compartiría con otras cinco personas, le indicó con su bastón la cama y le dijo–: Ahí durmió Simón de Canterville en 1575. Este será tu lecho. Andá acostumbrándote a la multitud.

Le dejó la llave de un compartimiento para su sola valija negra. Al poco tiempo, por las noches el forastero sentía como una fuerza opresora en el pecho y lo hundía en la cama, a veces en su frente, otras veces en su espalda; revisó el techo y no había daños, miró en las paredes, debajo de la cama, en el compartimiento, pero nada. Luego de unos días, seis o siete, decidió hacer guardia como un niño a la espera de la llegada de los reyes magos. Sólo oía el aullido de lobos como Sombras. El forastero aparecía dolorido cada amanecer, a veces con moretones, otras veces empapado, otras veces lleno de polvo. ‘Cómo es posible esta fuerza que no logro encontrar’, pensaba el forastero sacudiendo su cabeza.

Sus protestas al narigón de quevedos negros no servían de nada porque las inspecciones de los albañiles no detectaban daños. Apoyado contra la estufa le dijo el maestro de cuchara ante la mirada fascinada del forastero posada en su anillo y sandalias franciscanas:

–Es la tercera vez que venimos con los peones a revisar su habitación y no hayamos nada –dijo el maestro sacudiendo su anillo y metiendo su mano en la levita para sacar su pipa–. Ylos demás que comparten su habitación niegan sentir algo. Tal vez sus problemas están en sus emociones e imaginación.Véase en alguna dependencia de Alhambra con el jesuita Atanacius Kirchner o algún hermano, lo atenderá en la aldaba su sirvienta Janet la torcida.

Mientras el albañil se iba le recomendaba al narigón, entre abrazos y efusivos apretones de manos, que ventilara más seguido las habitaciones por el olor a laboratorio e hiciera tirar las imágenes de esos terribles dioses wiccanos pegados a una vela y al jarrón con acónitos, higienizar mejor el excusado y abandonase definitivamente las libaciones nocturnas deWalpurgis.

El forastero no le hizo caso al albañil y decidió hacer vigilia, destilaba bayas rojas, leía libros antiguos y consumía dwale, y para agravar la situación, velaba con una daga desenvainada en su mano para ensartar al gnomo opresor.Luego de tres noches seguidas en vela y de fracaso, con ojeras que le entorpecían sus trabajos de química, renunció al velamen.

Alguna vez el sol lo despertaba siempre inconsciente en mesones distintos acodado con desconocidos y sin saber cómo había llegado ahí; o abría sus ojos en algún descampado, o contra el tronco de una higuera, un árbol paraíso o enredado en los helechos colgantes. Una vez terminó en un templo en ruinas con la cabeza sobre lo que alguna vez fue un púlpito. Había noches en que no sentía la opresión, y había otros días en que despertaba como si lo hubiesen molido a palos o martillados en una fragua. Una pesadilla lo perseguía: se veía apoyado contra un paredón al fondo de una escalera y frente a un espejo que reflejaba su imagen como hechizado, y órdenes militares le apuntaban para dispararle con sus arcabuces.

Vuelta su vida un caos por el espanto que vivía, el día 8 de diciembre del año 1666 concibió la idea para desembarazarse y emigrar de esa posada, porque los dolores son la causa de nuestros miedos. La otra alternativa era ir de su madre para que lo reciba en su seno. Es difícil precisar con exactitud en qué punto comienza el miedo cuando sus causas no son claras, y las impresiones se acumulan en la superficie de la mente de una forma tan ligera que la conciencia no las reconoce. Luego, se llega a un punto donde las impresiones acumuladas se convierten en una emoción definitiva y la mente comprende que algo ha ocurrido.

Luego de 38 semanas padecidas por la opresión de ese brazo invisible que lo sumió en la locura, el insomnio y la penuria financiera, decidió finalmente el día 24 de diciembre tomar su valija negra y marcharse a otro lugar. Ya curado de sus laceraciones, el día 28 de diciembre es despertado por un grito como de pájaro exaltado o de mujer en parto y, sin dudarlo, ajustó sus nuevas sandalias franciscanas, se despidió del narigón de quevedos negros, se encogió de hombros, tomó su negro bolso del compartimiento, asomó su calva y morena cabeza a la calle, una correntada de aire frío le dio en su rostro.

–Hasta otro encuentro, señor Massónn –lo saluda desde el mostrador el hermano menor, Fettes–. El forastero le devolvió el saludo con un gesto de cabeza, puestos unos quevedos negros, un gorro tipo budinera y una manta escocesa sobre sus hombros. Se dirigía a Roma.”

Diego Mendoza. Arribeños.

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